Salí de la habitación en busca de una escapatoria, e inmediatamente, sin pensarlo, corrí escaleras arriba buscando apresuradamente alguna salida. Pero no la encontré. No escuchaba nada, pero sé que estaba ahí. Esa figura deforme me estaba vigilando.

Mi corazón latía con fuerza y mi mente estaba llena de pensamientos aterradores. Finalmente encontré un armario antiguo, entré y cerré la puerta con fuerza detrás de mí, intentando bloquear cualquier apertura.

Mientras estaba ahí, temblando de miedo, mis manos encontraron unas páginas gastadas por el tiempo. Era una carta de la señora Williams que se escribía a sí misma. Algo dentro de mí me decía que esa carta estaba relacionada con todo lo que estaba sucediendo en esa casa.

Tomé la carta y comencé a leerlo con avidez, tratando de descubrir cualquier pista que me ayudara a entender lo que estaba sucediendo. Las páginas estaban manchadas de un líquido seco, contaban su vida y sucesos extraños que habían ocurrido en la casa durante décadas.

Al cabo de unos segundos me di cuenta de que estaba leyendo mis propios pasos. Todo lo que había realizado la señora Williams era justo el camino que había tomado yo: La primera entrada en la casa buscando muestras, la baja en el hospital, la vuelta a la casa y el encuentro con el oscuro. Estaba leyendo una carta escrita de mi propio puño y letra.

A medida que leía, comprendí que la señora Williams o yo mismo había registrado en esa carta apariciones de una figura oscura y encorvada que se materializaba en la casa, junto con otros eventos extraños que no podía explicar.

Pero lo que más me impactó fue descubrir que la señora Williams había estado intentando contactar con un grupo de investigadores paranormales para que la ayudaran a descubrir qué estaba sucediendo en la casa. Había enviado varios correos electrónicos sin respuesta, pero finalmente recibió una respuesta de alguien que estaba dispuesto a ayudar.

Abrí el móvil y miré mi correo electrónico tenía una dirección y un nombre: «David Miller». Había escrito haciéndome pasar por la señora Williams, pidiendo auxilio y solicitando ayuda para desentrañar el misterio que rodeaba a su casa. Pero no había más información sobre aquello. No recordaba haber escrito absolutamente nada.

Mientras seguía leyendo, sentí que el armario se enfriaba cada vez más. De repente, la carta comenzó a deshacerse por sí sola y las luces comenzaron a parpadear. Entonces escuché una voz que susurraba mi nombre detrás de mí. Giré mi cabeza y vi a la figura oscura pegada justo detrás de mí.

Eché la puerta abajo y corrí hacia la primera ventana que pude ver. Me costó mucho trabajo, pero logré abrirla y saltar afuera. Caí en un montón de ramas y hojas, pero me levanté rápidamente y empecé a correr sin mirar atrás.

Llegué a la carretera y un coche pasó justo en ese momento. Grité y grité para que parara. Paró. Conducía una mujer mayor sola. No la vi, directamente me senté en el asiento delantero y arrancó. Tras un tiempo de silencio y justo cuando terminé de recuperar el aliento le di las gracias y me puse a observarla. Era la señora Williams.

Abrí la puerta inmediatamente y me tiré a la cuneta en marcha.

La señora Williams frenó bruscamente al ver que yo abría la puerta y saltaba del coche en marcha. Me miró sorprendida y preocupada, preguntándome qué había pasado y por qué me había tirado así. Traté de explicarle lo que había sucedido, pero apenas podía hablar debido al miedo y la falta de aire.

Finalmente, logré articular algunas palabras y la señora Williams me entendió. Me ofreció quedarme en su casa y llamar a la policía para reportar lo que había sucedido. No podía rechazarla, me resultaba imposible huir. Correr. Marcharme de allí. Acepté su oferta y nos dirigimos a su hogar.

Durante el trayecto, la señora Williams me contó que había estado buscándome desde hacía mucho tiempo, que tenía un té especial y delicioso para mí. Me sentía totalmente aterrorizado, no podía gesticular ni correr hacia cualquier dirección que no fuera hacia la entrada de la cabaña.

Cuando llegamos a su casa, todo estaba recogido, limpio y ordenado. Como si no hubiera pasado los años. Como si no hubiera pasado absolutamente nada en esa cabaña. La lampara de araña iluminaba majestuosamente toda la casa. La señora Williams me mostró su habitación y me invitó a entrar.

Cuando entré todo se apagó. Todo se quedó oscuro. Todo parecía volver a su edad. Polvo, olor, humedad, toda aquella sensación que había experimentado la estaba volviendo a vivir. Y solo escuche un susurro: mi nombre.

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