Querido amigo, oyente, o quien quiera escuchar. Ven, acércate. Sí, sí; tu, tú mismo. Reúnete conmigo al calor de la hoguera. En estos días fríos, un poco de fuego, manta y un buen vino caliente no se lo vas a rechazar a nadie. Te voy a contar aquello que me hizo llegar a aquí. La increíble, fantástica, emocionante y vil historia de mi vida.

Seamos repetitivos. Todo comenzó en un día soleado, caluroso y vigoroso día de verano hace diecisiete años. ¿Lo sientes? El calor abrasador. Sí, acércate aún más a la hoguera. Quémate. Más o menos así era aquel día. Mi familia, de gran poder adquisitivo, nobiliaria y asquerosamente pudiente tenía varias acres de tierras en los territorios del sur, cerca de las ciudades libres. Mi educación fue distinguida y refinada. Se me educó para la alta sociedad. Podría haber llegado a ser senador o incluso dignatario; pero bueno, las cosas de la vida, aquí me hallo delante de todos vosotros: sucios, rastreros, hijos de ninguna madre.

Nah la verdad es que no. No tengo ni la menor idea de que día, fecha o mes fue. Podría decirte que fue el noveno mes, como el séptimo o el décimo; pero te estaría engañando, y ofendería a la verdad, aunque tampoco es que me importe mucho. Tampoco sabría decirte hace cuántos años, es lo que tiene no haber celebrado ningún cumpleaños. ¿Miserable? No, por favor, todavía no. ¿Cómo era? Mmm… si, ahora lo recuerdo. No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita. Algo así, verdad. Propaganda de la buena, ya me entiendes.

Pues no me interrumpas y continuemos.

Como te decía, según me contaron, fue un día sin más. Un día, en un pueblucho sin importancia. Por aquel entonces, rondaba anualmente una compañía de arte por la zona. Ésta acudía siempre al mismo sitio, todos los años sobre la misma estación. Si, como te habrás dado cuenta, se trataba de una compañía de arte ambulante. Se dedicaban a montar un pequeño teatro: más bien unas gradas inestables; y a contar los cuatro dramas y tragedias del momento. Vamos, lo que se encontraba de actualidad en ese tiempo. No entenderé jamás cómo funciona eso de las llamadas modas, si al final se reduce en lo que desee el jefe de turno, en fin.

Pues al parecer de un año para otro, al panadero del pueblo, se le apareció un hombre con largo traje, muy bien peinado, canoso y con bigote arreglado. Portaba un niño arropado en sus brazos.

  • “Felicidades, este es su hijo. Hágase cargo del mismo ya que nosotros no podemos”.

Imagínate la cara de incredulidad que se le quedó al supuesto padre. Pues tengo entendido que ni se inmutó. Aquel panadero, con los ojos saltones, pelo ralo y grasiento, debilucho y con pies planos, sabía de sobra que había estado con una muchacha joven y virginal el año anterior. Tenía que poseer una labia descomunal, porque menudo esperpento de hombre. Probablemente estuvo con muchas más a parte de ella. Si, mi padre, como no, era un hombre corriente. Uno más entre la multitud del populacho. Bueno, corriente tampoco, más bien un vividor. Me pregunté durante mucho tiempo como pudo sobrevivir en este mundo tantos años sin que nadie hubiera acabado con su vida. Era totalmente sorprendente.

Ahí me encontraba yo, con pocos meses de edad, en una familia totalmente extraña. Mi familia. Un padre panadero, una madrastra aguadora y dos hermanastros, que supiéramos, claro. Y por otro lado, mi dulce madre, la artista, la bella, la realmente miserable. Ella, que se liberó de este horrible mundo al traerme a él.

Llegados a este momento, como comprenderá mi querido oyente, saltaré por encima de mis años prepuberal. Dudo mucho que le interese cómo me cambiaban las mudas, cómo me caía en los charcos o era atropellado por la multitud al intentar aprender a andar o cómo me levantaba todos los días para amasar harina y cortar diferentes masas de pan. Emocionante como poco.

Por tanto, avanzaré hasta llegar al momento clave. Sí, todos sabemos que en todas las historias existe una circunstancia o coyuntura en la que el Héroe con mayúsculas despierta y comienza su viaje. Y, como no, en mi historia no podía faltar ese instante.

En días venideros a mi adultez, yo ya era un muchacho esbelto y de buena compostura, no diría que demasiado fuerte pero si atlético, cuando no me daban ataques de asma, claro está. Sí, lo sé, decir que eres atlético y a la vez tener ataques de asma, no suena muy atlético.  A estas alturas no os voy a engañar, pero después de contaros lo que aquel año viví, os parecerá que, sin dicha cualidad, ahora mismo no estaría contándoos esta grotesca historia.

Es raro que el asma te pueda salvar la vida, normalmente te la complica, te deja sin aliento y te oprime hasta el punto de poder perder esta misma. No obstante, no estamos aquí para hablaros de mis problemas respiratorios, o sí, quién sabe. En realidad, quería hablaros de aquel verano, de aquel insoportable verano de aquel año de la misma condición. ¿He dicho que fue insoportable? Pues lo fue, fue el verano más horrible que he vivido en mi estrafalaria vida de principio a fin.

Aquel verano me encontraba en una pequeña choza en las afueras del pueblo. Como ya sabréis, o si no lo sabéis, al final opté por la carrera de medicina. No sé, si por haber sido durante años sujeto de prácticas para los principiantes debido a mi asma, para inventar yo mismo dicha solución contra esta terrible enfermedad (si es que se puede categorizar como algo tan terrible) o por lo que iría ocurriendo poco a poco ese verano.

El caso es que estaba haciendo unas prácticas para mi supervisor, el achacoso doctor Friedrich Denver, quien decidió enviarme a la choza sureña de la calle Pride Hole cuya propietaria era la señora casi octogenaria Emily Williams. En qué momento tuvo semejante idea, y lo peor de todo, quién me mandaría a mí cumplir con mis obligaciones.

– “Sólo tráeme unas muestras”- decía la carta que me envió, seguido de un -“no hagas tonterías”-  y añadiendo un -“esto puntuará para tu evaluación”-. La mezcla perfecta para que un estudiante no pueda contrariar ninguna orden. Y funcionó, porque allí estaba yo, a las puertas de la choza de la señora Williams, con mi cuaderno de notas, bajo un calor sofocante y asfixiante que golpeaba mi nuca.

La vivienda de la señora Williams era una casa pequeña de piedra antigua, desgastada por el incesante paso del tiempo, de distintas tonalidades de colores apagados, desde las más blancas a otras más oscuras, dando paso a otras más grises. El techo aún era de paja y el portón de la entrada era de madera gruesa, barnizada, posiblemente de roble o alcornoque. Por lo que el doctor me había informado, la señora Williams vivía desde hacía ya unos años sola. Sus hijos ya eran todos mayores de edad y habían abandonado el nido hace algunos años atrás.

Aquella casa, si alguna vez estuvo llena de vida, a simple vista, daba la impresión de que estaba abandonada y no sólo de hace unos días, sino podríamos estar hablando de años. Las moscas se agolpaban en los ventanales de la puerta, pareciera que quisieran huir y yo no me moría por entrar, de ninguna manera. 

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